Samuel seguía andando por ese camino negro que se dirigía hacia las extrañas casas. ¿Cuánto tiempo había pasado? Para Samuel habían sido horas pero realmente habían pasado 5 minutos, los 5 minutos más largos en la vida del protagonista. La desesperación se comenzaba a apoderar de Samuel, quién no veía avance entre paso y paso, a su alrededor sólo veía un fondo claro que le cegaba cuando lo miraba fijamente, lo que le impedía ver algo, era imposible saber que había tras la maldita luz.
Tras unos cuantos pasos, Samuel pudo ver como se comenzaba a acercar a esas extrañas casas, ahora sí las podía ver con claridad. Frente a él había una plaza en dónde el suelo destacaba por sus enormes baldosas azules; en el centro se podía ver una fuente decorada con una brillante estatua dorada de un hombre sin rostro. Alrededor de la plaza había 10 casas completamente diferentes, cada una de un color y tamaño distinto. Samuel se situó en el centro de la plaza y empezó a mirar alrededor. ¿Con cual de ellas se quedaría?¿Cual de estos extraños lugares es el menos peligroso? Tras unos minutos de dudas, el protagonista finalmente se decantó por la primera, había que seguir un orden…
Si os imaginaseis la casa más extraña el mundo, ni os acercaríais a lo que estaba frente a Samuel. Era una especie de casa redonda de madera que mostraba su fragilidad cada vez que una ráfaga de viento la rozaba. Una ventana, también redonda, se apoyaba en la parte de arriba, mientras que en la parte de abajo, frente a Samuel, se encontraba una puerta hexagonal, la cual destacaba porque en el centro una aldaba con el rostro de Samuel llamaba bastante la atención. El protagonista no daba crédito a lo que veía, su propio rostro decorando una puerta hexagonal -¿Qué cojones me he tomado?¿Que me han echado en la bebida?- pensaba Samuel mientras miraba fijamente la réplica de su rostro.
Pero no lo dudó un segundo y decidió llamar a la puerta. Después de lo del payaso, ya se podía esperar cualquier cosa. ¡TOC!¡TOC!¡TOC!. Tras unos segundos, Samuel escuchó unos pasos que se iban acercando poco a poco, y finalmente alguien abrió la puerta. Samuel se encontró frente a él a un hombre alto y muy fuerte, su espalda era casi el doble que la de Samuel, vestía un elegante traje negro de marca, impoluto, los gemelos de su camisa y el reloj de oro que lucía en su muñeca eran unas muestras más de su elegancia. Su rostro estaba cuidado, aunque algo machacado por los años y a pesar de que se veía una persona tranquila, en su mirada se podía ver furia, demasiada furia quizás…
- Vaya… No creí que fuese a llegar a conocerte – Le dijo el extraño hombre a Samuel – Discúlpame, todavía no me he presentado, soy Klaus, un placer.
Samuel no sabía que decir, todavía estaba perplejo tras haber visto a Klaus, un tipo como él viviendo en esta extraña casa de madera. Tal vez era momento de contestar:
- Eh… Hola, perdona, ¿quién eres?¿Te conozco?
Klaus sonrió:
- No, que va, no me conoces, de hecho nunca me habías visto en persona, pero he estado siempre contigo. Pero por favor, entra, que debes de estar cansado. Sé de sobra que te gusta el Bourbon, el Jack Daniels es lo ideal para calmar tus nervios. ¿Verdad?
- Emm… pues sí ¿Qué quieres decir de estar siempre conmigo?¿Y lo del Bourbon? ¿Eres una especie de amigo imaginario?
Klaus volvió a sonreir:
- Por favor, Samuel, no seas ingenuo. Pasa anda, y te lo explico todo.
Finalmente Samuel decidió entrar en la casa y disfrutar de ese Jack Daniels. Frente a él se encontró una casa abierta y muy alargada en la que destacaba una alfombra roja que cubría todo el suelo. Las paredes estaban decoradas con todo tipo de cuadros famosos, desde la Rendición de Breda de Velázquez hasta Los Relojes de Dalí. A su izquierda, al fondo de la casa, había un minibar de madera perfectamente cuidado y repleto de todo tipo de botellas. De fondo se podía escuchar a Frank Sinatra, música que venía de un tocadiscos situado a la derecha de Samuel. Pero lo que más le llamó la atención al protagonista fueron las escaleras que estaban situadas a ambos lados de la casa y que supuestamente llevaban a la parte de arriba. Klaus llegó con la copa de Bourbón y se la dio a Samuel, el cual todavía quería respuestas y continuó la conversación:
- No acabo de pillar yo esto… A ver, supuestamente tu me conoces, y yo a ti también, pero no en persona… Es decir, realmente no existes… eres un fantasma….
Klaus apoyó su mano sobre el hombro de Samuel, y mientras le miraba a los ojos, le contestó:
- Amigo mío, soy alguien que estuvo contigo siempre, en tus locuras y en tus peores momentos. He apoyado todos y cada uno de tus actos a pesar de sus consecuencias. Porque tu y yo somos uno, tu y yo somos inseparables.
- ¡¡¡Quién diablos eres!!!??? – Contestó Samuel sorprendido…



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